
El Festival de Danzas por Parejas Portón de la Frontera ha servido para que destacadas figuras de las danzas en Colombia visiten a Cúcuta. En ese abanico está Carlos Alberto Vásquez Rodríguez, oriundo de Barrancabermeja (Santander).
Él, es uno de los directores más destacados en el país, no solo por los montajes sino por un gran trabajo investigativo que ha facilitado el crecimiento del gremio.
Actualmente trabaja en el Instituto Universitario de la Paz y en la Escuela de Ciencia en la Licenciatura en Artes, en su natal Barrancabermeja.
A sus 56 años confiesa que ha dedicado más de 30 a las artes y por su vocación este año fue el ganador de la beca de investigación en creación para grupos y coreógrafos, del Ministerio de Cultura.
La pieza con la que ganó se llama ‘Pipatón, el cacique de los pies salados’, la cual está próxima a estrenarse.
En el marco del Festival de Danzas por Parejas Portón de la Frontera, que se extenderá hasta el 30 de octubre, dialogamos con Carlos Alberto Vásquez Rodríguez, quien permitió indagar por su pasión al arte y el baile.
¿Su primer acercamiento con las artes?
Fue en la universidad. Estudié ingeniería de vías y transportes en la Universidad Pedagógica de Tunja y allí había un grupo de danzas dirigido por la maestra Aura de Velasco. Ingresé y desde allí me acerqué a las danzas y al movimiento. Posteriormente fundamos un grupo de danza negra.
¿Una anécdota de su infancia?
Rin rin renacuajo, salió esta mañana muy tieso y muy majo... Tenía ocho años, mi papá consiguió la rana y mi mamá el sombrero y la pinta de moda para que el niño recitara de principio a fin.
¿Un sueño no cumplido?
Tener bajo mi dirección un grupo de 50 bailarines y con ellos poder montar una gran pieza musical sobre las danzas tradicionales.
¿Una época memorable?
La universidad. Era joven y más libre, había mucho por hacer, conquistar y aprender. Me acerqué al arte desprevenidamente y trabajando de actor y titiritero me empecé a ganar la vida.
¿Cómo se consolida en las danzas?
A lo largo de la vida le he apostado a la investigación. Vivo en un territorio donde las tamboras y los cantos tienen que ver con la resistencia social y lo político. Eso hace que me dedique a un trabajo de investigación bastante serio que hace que hoy por hoy sea un buen director.
¿Cómo surgen los laboratorios de danzas?
Dan respuesta a la necesidad de un territorio de llevar lo tradicional a la modernidad. Surgen para que los maestros de danza moderna no hagan lo que quieran con las tradicionales, pues no se trata de destruir sino de construir entre todos, esa es la regla. Hay que reconocer lo que otros saben y generar pertenencia.
¿En qué ha acertado y fallado el Plan Decenal de Danzas del Mincultura?
Por primera vez hay una ruta y eso es maravilloso, la posibilidad de pensar la danza como profesión y que hayan buenos espectáculos, además de dinero para invertir en el sector. Tal vez se ha fallado en que la danza tradicional no logra captar buena parte de esos recursos, no hay proyección, mientras lo moderno si lo consigue. Lo tradicional debe convertirse en modelo para el país.
¿Cuál es el principal aporte que hacen las danzas a la cultura colombiana?
Las danzas tradicionales y su relación con la memoria cultural, el territorio y el patrimonio, hacen posible que pensemos y tengamos identidad. Solo así los jóvenes pueden aprender lo que nos identifica.
¿Cómo ve al gremio de las danzas en Norte de Santander?
Siento que se están organizando, como sucede en el país. Costará trabajo ganar confianza porque nos hemos dado duro entre nosotros mismos. Será un período largo para construir y hay que apoyar la diversidad. Debe pensarse en la infraestructura y aprovechar la que hay con funciones cada ocho días. Hay gente buena como Rosalba Salcedo y Juan Becerra, que han marcado una ruta en el país y son de Norte de Santander.
¿Primera lección que les da a sus alumnos?
Escuchar, no solo con los oídos sino con el cuerpo.
¿El ritmo preferido?
Tambora y bailes cantados.
¿Presentación más recordada?
Las hechas en el teatro Colón y en el Heredia de Cartagena.