
En la mañana, antes de que el sol despunte en el filo de la montaña, se pone las botas, un saco, una cachucha café y toma un azadón para remover la tierra en los cultivos de lechuga.
Cuando las horas pasan y el saco está empapado de sudor, Rafael Armando Cañas, de 50 años, escucha el grito de su esposa que lo invita a tomar media mañana en una choza de madera, cerca de las plantaciones. Él, ha dedicado su vida a las labores del campo.
Un vaso de limonada y un roscón son el abrebocas a una amena conversación, en la que risueños hablan de las bondades del monitoreo de plagas y de cómo la disminución del uso de químicos hacen más rentable la producción y beneficia a los consumidores al recibir alimentos más sanos.
Rafael Armando recuerda que a los siete años recorría las plantaciones con sus padres y en esa época no se utilizaban tantos químicos y primaba el abono orgánico, ese que obtenían al combinar heces del ganado con troncos secos.
“Con el paso de los años la gente empezó a usar químicos para hacerle frente a las plagas. Los campesinos se emocionaron al ver papas más grandes y hortalizas más frondosas y crearon dependencia de esos productos. Con ellos llegó la perdición”.
Rafael Armando vive en Mutiscua y allí -desde hace varios años-, ha venido impulsando la adopción de métodos más limpios para cultivar.
“Durante nueve meses recibimos asesoría técnica de parte de Corponor, que en alianza con el proyecto Prodes de GIZ, el Ministerio de Ambiente y el ICA, nos capacitaron para ejecutar prácticas amigables con la naturaleza”.
Junto con Rafael Armando 20 familias más se capacitaron y recibieron de parte del Instituto Colombiano Agropecuario (ICA), la certificación en buenas prácticas agrícolas, previo cumplimiento de parámetros para el manejo de aguas residuales, residuos químicos, condiciones de salubridad, cosecha y recolección.
“Con el método tradicional, cultivar 2.000 plántulas de lechuga, significaba una inversión de $500.000 en químicos; ahora invertimos menos de la mitad y la base es el abono orgánico”.
Disminución gradual
Ligia Esther Salamanca Godoy, bacterióloga, desde hace varios años se radicó en su natal Mutiscua a cultivar alimentos orgánicos en su finca de ocho hectáreas.
“Nos contactaron de la alianza entre GIZ y Corponor para que nos vinculáramos al proyecto de mercados verdes, por estar en zona de amortiguación del páramo de Santurbán. Al principio no entendíamos de que se trataba, pero luego comprendimos la importancia de cultivar con métodos más limpios, generando alternativas de sostenibilidad económica”.
Ligia Esther argumenta que el 66.7 por ciento de los predios rurales de Mutiscua hacen parte de la zona de amortiguación de Santurbán. “La principal fuente de ingresos es la agricultura y debe dársele un giro para que no riña con los ideales de conservación del páramo”.
Las buenas prácticas ambientales contemplan una disminución gradual de los químicos, hasta que los cultivos sean orgánicos. “Los cultivadores estaban aplicando sobredosis para que las verduras, hortalizas y tubérculos llegaran a buen término”.
Ahora, al tiempo que se disminuyen los químicos, se hace un manejo del suelo y se canalizan las aguas para evitar contaminar fuentes hídricas, especialmente el río La Plata, principal afluente del río Zulia.
Años atrás, los frascos de agroquímicos, plásticos y demás residuos terminaban en las eras, arrumados en bodegas o en nacientes de agua. “En las capacitaciones nos enseñaron que las fumigaciones deben hacerse de acuerdo a la especie y crecimiento de la planta. Para ello, los cultivadores deben usar ropa adecuada y respetar los tiempos de entrada y salida de la huerta”.
Mutiscua es conocido por la producción de hortalizas de hoja, como la lechuga (batavia-crespa). Además de coliflor, brócoli, zanahoria, arracacha, papa criolla y pastusa.
Semanalmente en el municipio, distante 99 kilómetros de Cúcuta, se producen 20 toneladas de alimentos, entre hortalizas y tubérculos.
Proyecto piloto
La subdirectora de recursos naturales de Corponor, Sandra Milena Gómez Peñaranda, manifestó que el proyecto ejecutado en Mutiscua hace parte de una estrategia piloto que también llegó a Chinácota, Lourdes y Gramalote, con miras a fortalecer la política de mercados verdes en Colombia.
“La certificación de las fincas les permite tener sellos verdes para diferenciar sus productos y comercializarlos más fácilmente y a mejor precio”.
La meta de Corponor es ampliar el proyecto a otros municipios y habilitar una oficina de mercados verdes para brindar asistencia técnica e información a los cultivadores del departamento.