
En los albores de 1978, se radicó en San Agustín, tierra mítica y arqueológica anclada al Huila, en las estribaciones del macizo colombiano. Allí, llegó víctima del paludismo que adquirió en las selvas del Putumayo.
La llegada a San Agustín marcó su vida, conoció poderosas fibras que nutrieron su vena artística –la misma que empezó a explotar desde los siete años– y desde esa época el plátano se convirtió en un inseparable amigo.
Elizabeth Erasso de Velásquez, de 66 años, es una experta en elaborar artesanías con hilos que se obtienen del tallo de la mata de plátano.
“Soy multiplicadora de ese conocimiento, de una tradición y un legado que dejó a Colombia Clelia Rengifo, que en paz descanse”.
Elizabeth cuenta que la curiosa artesana se inspiró en los toches, aves que hacen sus nidos con ese material, nidos que les sirven de techo, de abrigo y de cama.
Las fibras fueron descubiertas en la década del ochenta. La artesana huilense, luego de contemplar por horas a los pájaros hacer sus nidos, empezó a desfibrar la corteza del tallo, hilándola y tejiéndola en un telar, tal como se hace con el fique.
“Lo fascinante fue el origen de una materia prima única que permite hacer productos similares a los que se hacen con el fique, con una durabilidad inigualable y en un encanto que enloquece a los extranjeros”.
Elizabeth hace sombreros, chalecos, manteles de cuatro y doce puestos, monederos, bolsos, zapatos, individuales y todo lo que de su imaginación brote para tejer con la técnica del crochet.
Al principio, Elizabeth cuenta que no tenían los recursos para extraer las fibras con máquinas, por lo que idearon un sistema rústico.
“Ponemos una tabla en la cintura y con un machete retiramos las impurezas del tallo del plátano. En el borde superior de la tabla se tiene un orificio, por el que se sujeta la gruesa madera a la tierra, para lavar con agua lluvia los hilos, los mismos que luego se hilan y con ellos se arman madejas de una libra y un kilo”.
Los productos que se elaboran con hilos de plátano tienen una durabilidad de 20 años en promedio. Diariamente, Elizabeth elabora una docena de monederos. Un mantel, por los finos acabados, se demora en hacerse hasta un mes.
Hoy, la artesana está radicada en Cúcuta. A la frontera llegó hace cinco meses en busca de nuevas oportunidades y los hilos de plátano los trae del Huila. Una madeja de una libra cuesta $50.000.
“Mi meta es enseñarle a las mujeres más pobres de la región a trabajar la técnica, disfruto compartiendo el conocimiento y estoy en búsqueda de apoyo para que alguna entidad patrocine las capacitaciones y se pueda plantar esa semilla”.
Ejemplo de vida
Elizabeth es una guerrera de la vida. Desde niña ha tenido que sortear la violencia en Colombia y en el arte, encontró un refugio, el camino para liberar todas sus angustias y pesares.
Es natural de Bogotá y cuando tenía un año, quedó huérfana de padre. “A él lo mataron el 9 de abril de 1948, en las revueltas que sucedieron a la muerte del líder Jorge Eliécer Gaitán”.
Seis años después, su mamá murió de pena moral. “No pudo superar el hecho de haber perdido a mi padre y una tía me llevó a Nariño. Crecí en Las Lajas y hacía escapularios para venderles a los peregrinos que llegaban al santuario”.
Al terminar sus estudios, se formó en promoción social y trabajó con indígenas en La Plata (Huila). Luego ingresó al ICA, donde laboró por 20 años.
A sus labores diarias siempre les hacía un alto para dedicarse a lo que más la apasionaba desde niña: las artesanías. Estando en el ICA la enviaron a La Hormiga (Putumayo) y allí formó grupos de danzas y trabajó con mujeres.
“Para esa época recuerdo que ocurrió la tragedia de Armero –13 de noviembre de 1985–, donde mi esposo perdió una decena de parientes. Para la misma época adquirí el paludismo y del ICA me trasladaron a San Agustín”.
Años después, a Elizabeth le diagnosticaron cáncer de colon, el mismo que logró convertir en un amigo. “Con actitud positiva vencí la enfermedad, sentía que me iba por un abismo, vi el túnel… un camino largo y tenía que pasar por un borde plagado de arena. Le rogaba a Dios que no me llevara, estaba levantando a tres nietos”.
La recuperación dice que se la debe a su amor por las artes, al tejer como terapia de vida. Hay “manos que tejen sueños, entrelazan esperanzas, anudan inquietudes, forjan la paz, protegen el medio ambiente y la vida misma”.